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Riesgos líquidos y los nuevos retos de la seguridad

Autor: Alberto Ray, Director ejecutivo de The Risk Awareness Council, organización no gubernamental especializada en análisis de riesgos emergentes.



Zygmunt Bauman, de nacionalidad polaca, además de filósofo y politólogo, podría considerarse como futurólogo.


Su tesis sobre la Modernidad y la Sociedad Líquida fue escrita hace más de 3 décadas y hoy, en los inicios del 3er milenio cobra más sentido que nunca. Es así porque la realidad ha dejado de ser un conglomerado sólido, estático, para convertirse en un fluido donde todo cambia a un ritmo tan acelerado que ha borrado el concepto de lo permanente.

Con esta adicción al cambio, a la seguridad también se le están borrando sus referencias, pues muchas de ellas eran producto de la experiencia pasada, por tanto, ha llegado el momento de comenzar a buscar respuestas, por paradójico que parezca, en el futuro.


Sólo como ejemplo puedo citar esa condición tan utilizada en el manejo de crisis conocida como “el peor escenario”. Usualmente se diseña tomando como referencia el caso de mayor impacto ocurrido según la data histórica. Es decir, los sistemas de protección deberían ser capaces de tolerar condiciones tan severas como las acontecidas hasta la fecha. La realidad, sin embargo, demuestra que los desastres siguen pasando y los incidentes no paran de escalar en magnitud. Observemos el caso de la central nuclear de Fukushima en 2011, pudo soportar un sismo de 9.0 grados, pero no resistió el embate del sunami producido por el terremoto, nunca estimado, aunque factible.


Estoy consciente que no existe reto más complicado que pronosticar el porvenir, sin embargo, nos toca asumir que el pasado ya no es suficiente referencia para enfrentar la magnitud y calidad de amenazas que esta nueva dinámica de lo líquido trae consigo, más aún cuando el futuro se acelera y llega a una velocidad que no esperamos.

No se trata de descalificar y desechar la experiencia acumulada, al contrario, debe tomarse como la línea base en la curva de ascenso y a partir de ella, aproximarse al futuro con una visión adaptativa y flexible.


El problema radica en que los fenómenos de la globalización y la tecnología están haciendo al mundo más complejo y líquido a cada hora, mientras que la seguridad sigue anclada en la historia, lo permanente y atemporal. No es que sea del todo malo, sólo debemos entender que es diferente y está pasando ahora, aquí y en todas partes, y el momento de actuar es el presente, no hacerlo es quedarse muy atrás en la carrera.


El principal obstáculo para definir una futurología de la seguridad está en desvincular el análisis estático de la realidad, de la naturaleza dinámica y mutante de las amenazas. Para entenderlo más claro, no podemos abordar el porvenir pensando que mañana será igual a hoy.

Las responsabilidades del ejecutivo de la seguridad son de tal magnitud en la resolución de asuntos operativos, que simplemente no le queda tiempo ni energías para pensar en el mañana, al contrario, lo venidero lo atormenta y descuadra de sus comprometidos esquemas del presente.

La seguridad cree en los valores, las normas el compliance, la justicia e inclusive en Dios. Sin embargo, el mundo se mueve a alta velocidad y de forma acelerada, es decir, la realidad se hace cada vez más compleja de manera más rápida, ante lo cual tenemos muy pocas defensas. En un ritmo de transformación acelerado hasta el vocablo paradigma pierde todo sentido en esta realidad de lo líquido. Observemos el Bitcoin, una criptomoneda creada por un personaje anónimo, basada en una tecnología, el blockchain, que reconceptualiza el significado de la confianza, pues lo descentraliza, transformando por ejemplo el histórico rol del negocio bancario como intermediario garante. Tan solo ayer, la capitalización de las tres principales criptomonedas: Bitcoin, Ethereum y Ripple, – todos nombres muy líquidos –era de 269 mil millones de dólares, ¡equivalentes al PIB en el 2017 de Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Honduras, Panamá y Trinidad y Tobago juntos!

Los riesgos líquidos son la consecuencia inevitable de, por un lado, la aceleración de la complejidad impulsada por el desarrollo tecnológico y la globalización, y por el otro, de la incapacidad que tiene la sociedad para absorber y procesar el ritmo del cambio. Es en esa brecha de inconsciencia entre ambas que habitan nuevas y poderosas amenazas.



Un riesgo es líquido porque su forma muta y se adapta al entorno que lo moldea, es difícil de contener, se derrama con facilidad y si bien resulta intangible al momento de determinarlo con algún grado de precisión, sus efectos son muy reales.


Estos riesgos líquidos han comenzado a manifestarse de múltiples maneras; por citar algunas veamos el incremento de la inestabilidad política y polarización. En 2014 China mudó una plataforma de extracción de petróleo cerca de la costa de Vietnam, provocando protestas anti chinas en la ciudad de Ho Chi Minh, lo que obligó al cierre de varias plantas manufactureras globales de juguetes y ropa. Aquello que se inició como un conflicto por aguas territoriales en el Sureste de Asia, terminó vaciando los estantes de varias cadenas de tiendas en los Estados Unidos unas semanas después.


Otra manifestación se aprecia en cómo las organizaciones cada vez pueden mantener menos secretos, porque la conectividad de las redes y la horizontalización del poder han llevado a grupos de interés a exigir, con más contundencia, en qué dirección se mueven las tendencias. Al mismo tiempo la gente se virtualiza y produce múltiples versiones de su propia realidad. Queda preguntarse: ¿Quién es quién detrás de las redes?, ¿En quién confiar? El mismo que pide transparencia a lo colectivo se hace opaco y difuso en lo individual.


Un ejemplo adicional de riesgo líquido se encuentra en lo que se ha etiquetado como verdad alternativa. Se trata en esencia de versiones deformadas de los hechos objetivos de la realidad y que por lo general buscan esconder o disfrazar mentiras.


Las verdades alternativas están bien construidas, toman hechos concretos y probados para elaborar argumentos altamente convincentes, orientados a mover la opinión pública en la dirección de objetivos usualmente oscuros o tendenciosos. La dificultad principal para neutralizar a una verdad alternativa radica en que su origen es el poder. Son argumentos falaces que echan mano de complejas estructuras como medios de comunicación, prestigiosos personajes y cuantiosos presupuestos para sostenerse. Pero ¿Cuál es el interés de impulsar y mantener historias falsas? Y ¿Qué se gana con ello?


El propósito es esencialmente político – económico. Para visualizarlo debe comprenderse cómo opera el mundo globalizado y cuál es el valor de la información en el proceso de toma de decisiones de alto nivel. La verdad alternativa no pretende ser una profecía que de tanto propagarse termine autorrealizándose, se trata de la construcción de una narrativa paralela, que se sujeta a la realidad sólo a través de hechos puntuales y se promociona como una verdad irrefutable a través de múltiples vías, aunque las evidencias demuestren lo contrario.


Los riesgos líquidos son para la seguridad, lo que en su momento fue el Ipod para la música, aquellos que entendieron el cambio se adaptaron y dieron el salto a una dimensión distinta con otras reglas tuvieron éxito y sobrevivieron, los que no lo vieron venir, se quedaron atados en el pasado sobre un formato sin valor para una nueva realidad que los hizo desaparecer. Sólo veamos los tropiezos del gigante de la fotografía Kodak a partir del 2012, ante la evolución en la captura digital de imágenes.


Este es el reto, hacer consciente lo desconocido, incrementar el ritmo de entendimiento del entorno sumergiéndose en él en lugar de aislarse, adaptándose con flexibilidad a las situaciones que trae el futuro acelerado. Adicionalmente, la seguridad debe asumir una función estratégica dentro de la organización a la que sirve, al tiempo que automatiza procesos operativos repetitivos. Se trata de una migración hacia la inteligencia, la construcción de alianzas poderosas y el desarrollo de procesos que analicen escenarios y consecuencias de las decisiones que se toman en el presente.


En esta época de riesgos líquidos nunca habrá seguridad suficiente, por ello estamos obligados a diseñar soluciones flexibles capaces de “leer” mejor el futuro que tenemos por delante, al final es en él dónde habitan los peligros con poder de afectarnos.


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